lunes, 20 de abril de 2009


Natsume Soseki, Kokoro, 2009 (1916).


Kokoro es un término japonés que quiere decir “Corazón”. Como no podía ser de otra manera, un título así nos abre las puertas a la lectura de un libro de profundos sentimientos, pero sin caer en el sentimentalismo, pues la obra se caracteriza por la emoción siempre contenida de sus personajes. Y efectivamente, el título es acertado, porque toda la acción se encuentra situada en el corazón de los personajes.

Esta novela relata la relación entre un estudiante universitario y un intelectual voluntariamente apartado de la sociedad. El joven se siente atraído por la misteriosa personalidad de este hombre al que respetuosamente llama sensei (maestro).

La obra, que se sitúa temporalmente al final de la Era Meiji, tiene tres partes. En las dos primeras es el joven estudiante el que narra en primera persona el relato, mientras que en la tercera y última parte es el sensei quién asume la primera persona a través de la lectura de una carta. No hay duda de que el recurso narrativo de la primera persona dota a la obra de un carácter íntimo, se convierte en una confesión. La novela nos acerca a la conciencia del protagonista, a su drama personal. Un drama que arranca de la falta de valor para expresar libremente su amor.

La lectura del libro conduce a reflexionar sobre la facilidad con la que algunos de los personajes de la novela dejan de apreciar lo que son. Cómo caen en comportamientos que no son más que una muestra de desprecio a la vida. Cómo el falso bienestar, conseguido artificialmente, conduce finalmente a una profunda tristeza que se va “enquistando como soledad profunda e irremediable” que llega hasta sus últimas consecuencias con el suicidio; miedo o falta de valor para seguir viviendo.

¿Y por qué dejan de apreciarse? Llevados por un romántico idealismo que choca frontalmente con la realidad no soportan su existencia. La necesidad de controlar las emociones, por convencionalismo social, les incapacita para comunicar sus sentimientos y los avoca al control de lo humano con trágicas consecuencias.

Por otra parte, el amor que desencadena el drama, lejos de ser pasional, se sitúa al margen del deseo sexual en la tranquilidad cotidiana del afecto.

Como colofón del testamento espiritual del sensei se concluye una enseñanza: la experiencia nos conforma como las personas que somos, no sólo nuestras vivencias, sino también las que nos llegan a través de los que nos inspiran más respeto. De ahí la necesidad de conocerlas para seguir nuestro propio camino.

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