Karate no Kokoro, Tensho, 2009 (2008).
Ki era, bajo todo, una masa de material mineral pero, sobre todo, era otr

a masa de vida orgánica, tan incrustada en aquella primera que ni siquiera una ardua observación permitía dilucidar la frontera entre una y otra, hasta el punto de que cuanto más se observaba, más se buscaba una diferenciación, más irrebatible era la conclusión de que, en realidad, no existía frontera alguna.
Y todo porque parece ser que la existencia del Universo se fundamenta en el

movimiento. Porque todo empezó, dicen, desde El Primer Movimiento; porque la interacción de las cosas es, en sí, como las ondas que produce un objeto arrojado a las aguas de un aquietado estanque que rebotaran en la orilla, volviendo a rebotar hacia un nuevo encuentro en el epicentro. Eternamente.
Y porque la interacción de las cosas es, en sí, una eterna vibración venida de un remoto y perdido en el tiempo estallido, tan grandioso, tan poderoso que su resonancia aún perdura con tanta intensidad que la misma Vida sólo es posible gracias a él.
Y así, al final, todo resulta ser mucho más que una parte de la misma cosa. Todo resulta ser... la misma cosa.
Tensho empezó a tomar sus primeras lecciones de piano a la edad de cuatro años. No fue, sin embargo, el esperado estudiante poseedor de una elaborada técnica aunque sí resultó ser un magnífico músico. Quizás fuera debido a que no sentía un especial cariño por ningún instrumento en concreto sino, sencillamente, que de él surgía la misma pasión ante el sonido de cualquiera de ellos.
A los nueve años dio su primer concierto, interpretando la partitura de un villancico con el sonido de una flauta. Fue en una fiesta de final de curso y a la que asistieron padres, madres, hermanos y, por supuesto, muchos abuelos y abuelas.
A los dieciséis años, le llegó la oportunidad para debutar como solista. Aquella vez lo hizo con un saxofón pero no en el festival anual del colegio junto a otros veintiséis compañeros. Fue contratado para tocar Jueves y Domingos, de nueve a doce, en pases de una hora y con treinta minutos de descanso entre pase y pase.
El local en cuestión era regido por el amante de su profesora de can

to, una bohemia cantante de jazz que nunca llegó a pertenecer a ninguna banda de jazz. Kimera era una taciturna sala de conciertos, saturada de humo, melancólicos solitarios y apasionados románticos que ocupaban su tiempo buscando cruces de miradas que, como un juego infantil, proponía adivinar, quién sabe si intercambiar, estados de ánimo.
Cruces de miradas y cambios de actitudes que para Tensho, pronto dejaron de ser inconscientes señales ante las que decidir o no, un improvisado ajuste en el repertorio, convirtiéndose en el objetivo de su música, envolvente e invisible manto con el que destapar una visible alteración en el “estar” de su, a veces abstraído, a veces distraído, público.
Y de aquel modo Tensho fue aprendiendo a utilizar la capacidad de su saxo. Y de esta manera, un día se albergó en su interior la necesidad de conmover a más y más gente.
Y otro día, ni el sonido de un sólo saxofón, ni un público de cincuenta y cuatro personas eran apenas suficientes para absorber el espíritu creativo que Tensho dejaba escapar a través de aquel hálito y que, surgiéndole desde lo más dentro, volaba en forma de notas que envolvían de armonía, de Wa, aquello que alcanzaban.
Tensho nunca había abandonado sus estudios, y aunque desde un punto de vista meticulosamente técnico podían parecer incompletos, lo cierto es que fueron sencillamente finalizados.
Y es que, simplemente saltaba de un instrumento a otro como si el último elegido no fuera otra cosa que un complemento del recién relegado.
Y esa fue su capacidad. La de comprender que, después de todo, la música no era el instrumento y que la magia de una melodía estaba en la interacción entre el músico, el público, el instrumento, las notas y, por supuesto, sus tonos.

Y ese comprender, ese observar, le llevo a un profundo conocimiento de cada uno de los instrumentos, que culminó en un íntimo entendimiento del alma que, sin entender de fronteras, poseía cada uno de esos instrumentos.
Nueve meses después de conseguir superar los exámenes oficiales que le otorgaban el grado de “Director de Orquesta”, Tensho se presentó a la prueba que convocaba la “Real Orquesta de La Ciudad”, cuando acontecía el fallecimiento o retiro de quien ostentaba tan cultural cargo.
No había muchos aspirantes más. En realidad, Tensho fue el único que acudió a la cita aunque tuvo que demostrar su valía dirigiendo aquel grupo de músicos que componían la orquesta y ante un desconfiado cuarteto que conformaba el tribunal encargado de decidir cual aspirante era el más adecuado para guiar, sincronizar, en fin, coordinar la “Real Orquesta de La Ciudad”.
Sin prestar mucha atención a lo que hacia y totalmente absorto en lo que escuchaba, Tensho convirtió aquella prueba en todo un concierto “a puerta cerrada”. Hasta tal punto deleitó al mencionado tribunal que el cuarteto no pudo resistir la tentación de pedirle que repitiera.
Y lo hizo. Y lo hizo moviendo sus manos. Moviendo sus manos como si éstas ni siquiera le obedecieran a él mismo. Como si él mismo no fuera el creador, sino parte de una creación, de un entorno, de una atmósfera, en fin, de un espíritu que parecía existir desde siempre y que por el vuelo de unas notas, se materializaba de un modo, eso sí, invisible.
Pero sus manos no creaban la música. La música ya estaba allí, como flotando en el aire, en el éter. Ni siquiera la daba forma. Más bien parecía que la dibujará. Los movimientos de sus brazos y manos eran como un delicado lapicero que marcaba, delineaba, los contornos de aquella melodía.
El aire p

or el que viajaba lo interpretado era el mismo aire que Tensho respiraba inundándolo por dentro, casi poseyéndolo y, tras un momento justo Presente, era espirado como devolviéndolo hacia el lugar que le correspondía: Un espacio que pareciendo vacío a los cinco sentidos, sin embargo trasmitía estar lleno de infinitas posibilidades que siempre conseguían combinarse en absoluta armonía, en fluido sincronismo. Infinitas posibilidades cuya simple existencia era el mismo porqué de esa su existencia.

Tensho, el espíritu de elegantes manos, sostenía en sí la existencia de las posibilidades y la realidad de las cosas porque Tensho era capaz de abandonarse a sí mismo y, al instante, entregarse a sí mismo; era capaz de moverse por fuera desde la quietud más profunda; era capaz de encontrar el vacío más absoluto dejando espacio al originario sincronismo natural del Universo.